lunes, 18 de enero de 2010

Hilo de papel

Se cortó la cuerda infinita. El equilibrista cayó al suelo y el golpe fue terrible.
Quienes lo veían desde lo alto aseguraban que el desenlace era predecible, pero él vivía felíz en su camino tembloroso prefiriendo ignorar una posible caída, porque bajo sus piés se encontraba ese fino pero resistente hilo; amigo fiel, compañero de ruta, apoyo necesario y sobre todo, suficiente.
Durante años, ignorando que la eternidad es únicamente para unos pocos, el equilibrista solo caminó hacia adelante. Al fin y al cabo ese era su objetivo, avanzar sin detenerse. Y la cuerda nunca dudó en ser la firmeza bajo sus piés, y allí estuvo cada noche, sosteniendo al monótono artista de la vida.
Y cuando aquello sucedió, primó la desesperanza, el miedo, el caos. Es que esa cuerda, con un supuesto temple de acero, no era más que una simple soga a la que la confianza ciega del equilibrista había dado su carácter.
Y al ser expulsado de aquella vorágine cinética, ya en el suelo, su visión cambió.
No había habido tiempo de colocar una red de contención. Ya era tarde, sobraban los lamentos, las culpas, las súplicas. Había llegado la hora de recuperarse y aprender la lección.
Tan simple como estas últimas palabras, y tan imposible como la tarea de llevarlas a cabo.

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