miércoles, 23 de junio de 2010

No se

Parado frente al pequeño espejo del baño, en la soledad que solo allí podía encontrar en aquel entonces, simplemente observo, mi persona y mi entorno. Inmediatamente una extraña sensación me invade; siento una clara separación entre el cuerpo y la conciencia. Creo percibirme desde afuera de mi mismo. Desde allí, me contemplo pero no me comprendo. Es como si mi mente borrara por un instante toda su estructura, liberándose de todo lo que hasta el momento parecía razonable, de todo aquello que fui aceptando a medida que crecí. El único vestigio de lucidez que me queda, alcanza para que una vorágine de cuestiones asalte mi entendimiento. Se solapan preguntas que me angustian: ¿qué soy?, ¿qué hago acá?, ¿por qué me siento así?.
Regreso. Siento que estoy nuevamente en la vida de los objetivos fabricados, esa que otros seres humanos me enseñaron a vivir.
Conciente de la experiencia que acabo de transitar, busco una explicación; pero no la encuentro y me aflige; siento que estoy loco.
¿Será que mis ocho o nueve años no me alcanzan para comprender lo que ha sucedido? 
Por supuesto que no. Dieciséis años después, tampoco puedo entender por qué aquella sensación sobreviene ocasionalmente para demostrarme que soy incapaz de explicarla.

domingo, 6 de junio de 2010

Minga que va

Al principio, en el frente, hay un pasillo largo y en penumbras, con una luz tan ténue que apenas permite percibir las sombras.
Al final, en el fondo, existe un panorama aún más desalentador. Austera escena de una habitación casi vacía con paredes pintadas de un blanco sucio y descascarado, un mantel a cuadros desgastado por el paso del tiempo tendido sobre una mesa redonda, algunas sillas de mimbre sin más detalles que dos o tres fibras rotas, y una cocina antigua y oxidada.
Poco antes de llegar al borde de la mesa, hay un plato de sopa solitario y humeante que lo espera. Pero él nunca llegará, porque la soledad también lo atrapó y sospecha que la mera compañía de aquel plato termine por romper esa condena.