Al principio, en el frente, hay un pasillo largo y en penumbras, con una luz tan ténue que apenas permite percibir las sombras.
Al final, en el fondo, existe un panorama aún más desalentador. Austera escena de una habitación casi vacía con paredes pintadas de un blanco sucio y descascarado, un mantel a cuadros desgastado por el paso del tiempo tendido sobre una mesa redonda, algunas sillas de mimbre sin más detalles que dos o tres fibras rotas, y una cocina antigua y oxidada.
Poco antes de llegar al borde de la mesa, hay un plato de sopa solitario y humeante que lo espera. Pero él nunca llegará, porque la soledad también lo atrapó y sospecha que la mera compañía de aquel plato termine por romper esa condena.
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