De repente estoy en un lugar tumultuoso caminando entre la gente, y
ya sin poder avanzar, la encuentro sola, sentada en una silla como apichonada.
La miro extrañado sin saber qué hacer. Sonríe, y entonces la abrazo. Ella me
abraza más fuerte.
Y ahí nomás, con lágrimas de uno y otro entremezcladas, le digo: ¡gracias!.
Gracias por todos estos logros (los enumero). También le agradezco enérgicamente por
ese padre político que se dio al Pueblo, como si ella pudiese hacerle llegar
mis palabras.
Después, rompiendo protocolos, caminamos hasta una sala llena de pibes y
pibas, donde todos hablamos quién sabe de qué hasta que irrumpe algún vigilante...
Me resulta muy difícil dejar de resaltar los errores y las
contradicciones de las cosas que hago, de las cosas que apoyo, de las cosas en
las que creo. Pero hoy no tengo ganas de ser objetivo, hoy me quedo con mi
subjetividad que me regaló este sueño.
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