Parado frente al pequeño espejo del baño, en la soledad que solo allí podía encontrar en aquel entonces, simplemente observo, mi persona y mi entorno. Inmediatamente una extraña sensación me invade; siento una clara separación entre el cuerpo y la conciencia. Creo percibirme desde afuera de mi mismo. Desde allí, me contemplo pero no me comprendo. Es como si mi mente borrara por un instante toda su estructura, liberándose de todo lo que hasta el momento parecía razonable, de todo aquello que fui aceptando a medida que crecí. El único vestigio de lucidez que me queda, alcanza para que una vorágine de cuestiones asalte mi entendimiento. Se solapan preguntas que me angustian: ¿qué soy?, ¿qué hago acá?, ¿por qué me siento así?.
Regreso. Siento que estoy nuevamente en la vida de los objetivos fabricados, esa que otros seres humanos me enseñaron a vivir.
Conciente de la experiencia que acabo de transitar, busco una explicación; pero no la encuentro y me aflige; siento que estoy loco.
¿Será que mis ocho o nueve años no me alcanzan para comprender lo que ha sucedido?
Por supuesto que no. Dieciséis años después, tampoco puedo entender por qué aquella sensación sobreviene ocasionalmente para demostrarme que soy incapaz de explicarla.
miércoles, 23 de junio de 2010
domingo, 6 de junio de 2010
Minga que va
Al principio, en el frente, hay un pasillo largo y en penumbras, con una luz tan ténue que apenas permite percibir las sombras.
Al final, en el fondo, existe un panorama aún más desalentador. Austera escena de una habitación casi vacía con paredes pintadas de un blanco sucio y descascarado, un mantel a cuadros desgastado por el paso del tiempo tendido sobre una mesa redonda, algunas sillas de mimbre sin más detalles que dos o tres fibras rotas, y una cocina antigua y oxidada.
Poco antes de llegar al borde de la mesa, hay un plato de sopa solitario y humeante que lo espera. Pero él nunca llegará, porque la soledad también lo atrapó y sospecha que la mera compañía de aquel plato termine por romper esa condena.
Al final, en el fondo, existe un panorama aún más desalentador. Austera escena de una habitación casi vacía con paredes pintadas de un blanco sucio y descascarado, un mantel a cuadros desgastado por el paso del tiempo tendido sobre una mesa redonda, algunas sillas de mimbre sin más detalles que dos o tres fibras rotas, y una cocina antigua y oxidada.
Poco antes de llegar al borde de la mesa, hay un plato de sopa solitario y humeante que lo espera. Pero él nunca llegará, porque la soledad también lo atrapó y sospecha que la mera compañía de aquel plato termine por romper esa condena.
viernes, 12 de febrero de 2010
Un título sin texto
Un árbol copudo repleto de hojas, con luz y sin sombra,
un libro en blanco que guarda en sus palabras el porqué de nuestra existencia,
una persona que jura pasar más lento que el tiempo,
los tres mosqueteros condenados a vivir sin sus espadas,
un rompecabezas eternamente inconcluso por haberse perdido la última pieza,
la vida y la muerte jugando a las escondidas sin encontrarse nunca,
una escalera caprichosa empeñada en bajar al mismo ritmo que uno sube,
un genio viviendo feliz,
la foto inmaculada de un arcoíris en blanco y negro.
un libro en blanco que guarda en sus palabras el porqué de nuestra existencia,
una persona que jura pasar más lento que el tiempo,
los tres mosqueteros condenados a vivir sin sus espadas,
un rompecabezas eternamente inconcluso por haberse perdido la última pieza,
la vida y la muerte jugando a las escondidas sin encontrarse nunca,
una escalera caprichosa empeñada en bajar al mismo ritmo que uno sube,
un genio viviendo feliz,
la foto inmaculada de un arcoíris en blanco y negro.
lunes, 8 de febrero de 2010
Propuesta decente
Te invito a pensar, a observar, a mirar más allá.
Te invito a olvidarte un ratito de vos, y a acordarte de él.
Te invito a gritar hasta hacerte valer, a afrontar, a luchar.
Te invito a dejar de consumir imposibles, a apagar la TV.
Te invito a creer, a confiar, a entender que sí.
Te invito a buscar sin parar, a encontrar.
Te invito a (dejarte) explicar, a aprender, a enseñar.
Te invito a cultivar la actitud de progresar, a no caer en la mediocridad.
Te invito a parar de sufrir sin que lo diga un pastor, a vivir, ¡a ser feliz!
Te invito a crear, a escribir un comienzo sin fin.
Te invito a intentar, a aceptar fracasar, a lograr.
Te invito a escuchar, a dejarte vencer si está bien y comprender.
Te invito a no prejuzgar, a descubrir, a aceptar.
Te invito a saber que hoy estás así, y mañana podés estar asá.
Te invito a dejar de quejarte, a involucrarte, a transformar la realidad.
Te invito a interrumpir la lectura, y a empezar a practicar.
En fin… te invito a romper la rutina, ¿venís?
Te invito a olvidarte un ratito de vos, y a acordarte de él.
Te invito a gritar hasta hacerte valer, a afrontar, a luchar.
Te invito a dejar de consumir imposibles, a apagar la TV.
Te invito a creer, a confiar, a entender que sí.
Te invito a buscar sin parar, a encontrar.
Te invito a (dejarte) explicar, a aprender, a enseñar.
Te invito a cultivar la actitud de progresar, a no caer en la mediocridad.
Te invito a parar de sufrir sin que lo diga un pastor, a vivir, ¡a ser feliz!
Te invito a crear, a escribir un comienzo sin fin.
Te invito a intentar, a aceptar fracasar, a lograr.
Te invito a escuchar, a dejarte vencer si está bien y comprender.
Te invito a no prejuzgar, a descubrir, a aceptar.
Te invito a saber que hoy estás así, y mañana podés estar asá.
Te invito a dejar de quejarte, a involucrarte, a transformar la realidad.
Te invito a interrumpir la lectura, y a empezar a practicar.
En fin… te invito a romper la rutina, ¿venís?
miércoles, 20 de enero de 2010
Un alma lava a la otra
Y el día de la partida conoció la soledad, el silencio, la angustia de querer despertar de una realidad jamás soñada (literalmente, claro está). Experimentó la resignación, la sorpresa teñida de desilusión, la culpa, y otras tantas sensaciones derrotistas.
¡Aprendió!, gritaron aquellos que ya habían transitado los caminos de la desdicha.
¿No sería más fácil aprender solo de los éxitos? ¿A qué vida cruel se le ocurre enseñar a partir de los errores y las malas experiencias?
Y el día de la partida supo al fin lo que era el alma, y descubrió sus secretos, porque sufrió su ausencia. Él lo compara con un par de manos sucias. Si una olvida lavar a la otra, también esta quiera o no, dejará de ser lavada.
¡Aprendió!, gritaron aquellos que ya habían transitado los caminos de la desdicha.
¿No sería más fácil aprender solo de los éxitos? ¿A qué vida cruel se le ocurre enseñar a partir de los errores y las malas experiencias?
Y el día de la partida supo al fin lo que era el alma, y descubrió sus secretos, porque sufrió su ausencia. Él lo compara con un par de manos sucias. Si una olvida lavar a la otra, también esta quiera o no, dejará de ser lavada.
lunes, 18 de enero de 2010
Hilo de papel
Se cortó la cuerda infinita. El equilibrista cayó al suelo y el golpe fue terrible.
Quienes lo veían desde lo alto aseguraban que el desenlace era predecible, pero él vivía felíz en su camino tembloroso prefiriendo ignorar una posible caída, porque bajo sus piés se encontraba ese fino pero resistente hilo; amigo fiel, compañero de ruta, apoyo necesario y sobre todo, suficiente.
Durante años, ignorando que la eternidad es únicamente para unos pocos, el equilibrista solo caminó hacia adelante. Al fin y al cabo ese era su objetivo, avanzar sin detenerse. Y la cuerda nunca dudó en ser la firmeza bajo sus piés, y allí estuvo cada noche, sosteniendo al monótono artista de la vida.
Y cuando aquello sucedió, primó la desesperanza, el miedo, el caos. Es que esa cuerda, con un supuesto temple de acero, no era más que una simple soga a la que la confianza ciega del equilibrista había dado su carácter.
Y al ser expulsado de aquella vorágine cinética, ya en el suelo, su visión cambió.
No había habido tiempo de colocar una red de contención. Ya era tarde, sobraban los lamentos, las culpas, las súplicas. Había llegado la hora de recuperarse y aprender la lección.
Tan simple como estas últimas palabras, y tan imposible como la tarea de llevarlas a cabo.
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